Hay un momento en la pesca deportiva que resume toda una filosofía. Después de una pelea que puede durar minutos u horas, el pescador acerca al costado de la embarcación un marlín azul de cientos de libras, la tripulación lo sostiene con cuidado, retira el anzuelo, lo mantiene unos segundos en el agua para que recupere el aliento y lo deja ir. El pez desaparece en el azul profundo del mar Caribe, y en la lancha estallan los aplausos. Para quien no conoce este deporte, puede parecer extraño que el gran trofeo sea soltar lo que tanto costó atrapar. Para quien lo conoce, es la esencia misma de la pesca moderna.
Esa práctica tiene un nombre que se ha vuelto universal: catch and release, o captura y liberación. Y República Dominicana, sin hacer mucho ruido, se ha convertido en uno de los países del Caribe que mejor la ha incorporado a su tradición deportiva. Mientras otros destinos de la región apenas empiezan a discutirla, aquí lleva décadas siendo la norma en los principales torneos, y eso representa una ventaja que el país todavía no ha sabido contar ni aprovechar del todo.
Una tradición que se mide en décadas
La pesca deportiva dominicana tiene historia. El Club Náutico de Santo Domingo celebró en mayo de este año la sexagésima edición de su Torneo Internacional de Pesca al Marlín Blanco, en la ensenada de Cabeza de Toro, con pescadores de Puerto Rico, Venezuela, Estados Unidos, Islas Vírgenes, Italia y República Dominicana. Sesenta ediciones convierten a este evento en uno de los torneos de pesca más longevos del Caribe, una tradición que ha pasado de generación en generación entre familias de pescadores de toda la región.
Lo más interesante, sin embargo, no es su antigüedad, sino sus reglas. En este torneo no gana quien saca más peces del agua, sino quien libera más. Además del marlín blanco, otorgan puntos el marlín azul, el pez vela y el spearfish, pero todos deben ser liberados. Cada embarcación está obligada a grabar en video de alta resolución el momento de la liberación, donde se identifique claramente la especie, y los pescadores tienen un límite de 30 minutos desde que reportan la picada hasta la liberación oficial. Son reglas pensadas para que el pez pase el menor tiempo posible bajo estrés y tenga las mayores posibilidades de sobrevivir.
El mismo espíritu rige el Torneo Internacional de Pesca al Marlín Azul, organizado también por el Club Náutico, que reúne cada verano a pescadores de Puerto Rico, Venezuela, Estados Unidos, Guatemala y el país anfitrión. Allí, cada marlín azul liberado otorga 300 puntos al pescador y a su embarcación, y para la Copa Reciprocidad solo son válidas las puntuaciones de ejemplares liberados. En ediciones anteriores, el comité organizador incluso incorporó herramientas especiales para que cada liberación cause el menor daño posible al pez.
En Cap Cana, el White Marlin Tournament de este año convocó a más de 30 lanchas de Puerto Rico, Estados Unidos, Cuba, Brasil, México e Italia, con el respaldo del Consejo Dominicano de Pesca y Acuicultura (Codopesca) y de la Armada. A estos se suman los torneos de Casa de Campo y el Puerto Bahía Open en Samaná. Todos se rigen por la captura y liberación, lo que alinea la actividad con la conservación de las especies y con un turismo de mayor valor y menor huella.
Por qué un pez vale más vivo que muerto
La captura y liberación no es solo una cuestión de ética deportiva. Es también una decisión económica, y los países que lo han entendido lo demuestran con cifras contundentes.
El ejemplo más claro es Costa Rica. Según la Federación Costarricense de Pesca Turística (FECOP), la pesca deportiva y turística genera en ese país más de US$500 millones al año, representa cerca del 2 % de su producto interno bruto y sostiene alrededor de 33,000 empleos directos e indirectos. Cada año llegan unos 150,000 turistas atraídos por esta actividad, con un gasto promedio superior a los US$5,000 por visitante durante estadías de unos 12 días, y más del 60 % de ellos viaja acompañado de familiares o amigos. Un estudio del Instituto de Investigaciones en Ciencias Económicas de la Universidad de Costa Rica llegó incluso a estimar que la contribución de la pesca deportiva al PIB costarricense superaba la de la pesca comercial.
La conclusión de los costarricenses cabe en una frase que se ha convertido en su lema: un pez vivo vale más que uno muerto. Un marlín vendido en un mercado genera ingresos una sola vez y en cantidades modestas, porque su valor comercial es bajo frente a otras especies. Ese mismo marlín, vivo en el mar, puede ser capturado y liberado varias veces a lo largo de su vida, y cada una de esas ocasiones representa una embarcación alquilada, un capitán y una tripulación con empleo, una habitación de hotel ocupada, comidas en restaurantes, combustible, equipos, transporte y un visitante que probablemente volverá.
Por eso la región se está moviendo con rapidez. En junio de este año, Panamá aprobó un decreto que limita la captura de marlines y pez vela exclusivamente a la pesca deportiva, la pesca turística y la investigación científica, prohibiendo su aprovechamiento comercial y fortaleciendo el modelo de captura y liberación. En Centroamérica, organizaciones de Guatemala, Honduras y Costa Rica crearon la Central American Sportfishing Alliance para consolidar la pesca turística como motor de desarrollo de sus comunidades costeras. Y la propia noticia del decreto panameño mencionó a República Dominicana, junto a Costa Rica, México y varios estados de Estados Unidos, entre los destinos que han convertido a los peces picudos en motores de sus economías turísticas.
Ese reconocimiento es una buena noticia. Pero también es una advertencia: si los demás están avanzando, nosotros no podemos quedarnos quietos.
El valor que todavía no medimos
La gran paradoja de la pesca deportiva dominicana es que, teniendo una tradición más antigua y unas reglas tan avanzadas como las de cualquier destino del mundo, el país no cuenta con un estudio integral que mida su impacto económico. Sabemos, por la Asociación Dominicana de Marinas Deportivas y Clubes Náuticos, que en 2023 llegaron al país más de 3,000 embarcaciones y que la actividad de navegación moviliza alrededor de US$150 millones al año. Pero no tenemos una cifra que diga cuántos turistas vienen específicamente a pescar, cuánto gastan, cuántos empleos sostienen y cuánto aportan al producto interno bruto.
Esa ausencia de datos tiene consecuencias. Sin números, es difícil convencer a las autoridades de la importancia de proteger las especies de interés deportivo, es difícil atraer inversión hacia marinas y servicios especializados, y es difícil promover al país en los mercados internacionales con la fuerza que lo hace Costa Rica. Un estudio de esa naturaleza, impulsado entre el Ministerio de Turismo, Codopesca, los clubes náuticos y las marinas, sería una de las inversiones más rentables que podría hacer el sector.
Hace poco leí en InCaribe Media un artículo sobre el potencial de la pesca deportiva en el Este dominicano, y uno de sus planteamientos me pareció especialmente certero: el país tiene los peces, las marinas y la tradición, pero todavía no ha convertido esa riqueza en una marca. Costa Rica se vende al mundo como destino de pesca deportiva. República Dominicana, con condiciones comparables en el Atlántico y el Caribe, todavía no lo hace con la misma claridad.
Un turista que lo cambia todo
El pescador deportivo es uno de los visitantes más valiosos que puede recibir un destino. Su perfil suele ser de alto poder adquisitivo, viaja con frecuencia, se queda varios días y gasta en servicios altamente especializados. No viene por una semana de todo incluido, sino por una experiencia que exige embarcaciones bien equipadas, capitanes expertos, tripulaciones entrenadas, marinas con servicios de calidad y una logística impecable.
Además, es un visitante fiel. El pescador que encuentra buenas condiciones en un lugar lo convierte en su destino recurrente, regresa año tras año para los torneos, trae a su familia y a sus amigos, y con el tiempo empieza a buscar propiedades cerca de la marina donde atraca su embarcación. Muchas de las villas y apartamentos que hoy existen en Cap Cana, Casa de Campo o Punta Cana pertenecen a personas que llegaron primero por la pesca.
También tiene un efecto positivo sobre la estacionalidad. Las mejores temporadas para el marlín blanco y el marlín azul en aguas dominicanas se concentran en la primavera y el verano, meses en los que otros segmentos turísticos tienen menor demanda. Los torneos de mayo, junio, julio y agosto llenan marinas, hoteles y restaurantes en momentos en que el país necesita precisamente ese impulso.
La conservación como ventaja competitiva
La captura y liberación responde también a una preocupación global. Organismos como la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) han advertido que varias especies altamente migratorias enfrentan presiones crecientes por la pesca excesiva y la captura incidental. Los marlines recorren miles de kilómetros a lo largo de su vida y atraviesan las aguas de muchos países. Protegerlos exige que cada nación haga su parte.
República Dominicana tiene la oportunidad de presentarse ante el mundo como un país que ya la está haciendo. La captura y liberación de nuestros torneos no es una moda reciente ni una exigencia impuesta desde afuera; es una práctica asumida por generaciones de pescadores dominicanos que entendieron, antes que muchos, que sin peces no hay deporte. Ese es un relato poderoso para un turismo internacional cada vez más consciente de su impacto ambiental, y que busca destinos donde su visita contribuya a conservar y no a destruir.
Lo que hace falta para dar el siguiente paso
Si el país quiere convertir la captura y liberación en una ventaja competitiva real, hay varias acciones que vale la pena considerar.
La primera es medir. Un estudio nacional sobre el impacto económico de la pesca deportiva permitiría dimensionar su verdadero valor y tomar decisiones basadas en datos, como lo ha hecho Costa Rica.
La segunda es proteger. Conviene revisar si el marco legal vigente protege de manera suficiente a los peces picudos frente a la captura comercial y la pesca incidental, tomando como referencia lo que Panamá acaba de aprobar. Las especies que sostienen la pesca deportiva son un activo turístico nacional y merecen un tratamiento acorde.
La tercera es promover. República Dominicana necesita posicionarse como destino de pesca deportiva en los mercados donde se toman esas decisiones: las ferias náuticas de Estados Unidos, los clubes de pesca de Puerto Rico y Venezuela, las revistas especializadas y las comunidades digitales de pescadores. El calendario de torneos dominicanos, con su tradición y su compromiso con la liberación, es un producto que merece una promoción propia.
La cuarta es formar. Capitanes, marineros, guías y técnicos especializados en pesca deportiva representan empleos bien remunerados para los jóvenes de las comunidades costeras. Programas de formación en técnicas de manipulación y liberación, seguridad marítima y atención al cliente pueden elevar la calidad del servicio y ampliar las oportunidades locales.
Y la quinta es integrar. La pesca deportiva no debe verse como una actividad aislada, sino como parte de un ecosistema que incluye marinas, hoteles, restaurantes, desarrollos residenciales y servicios turísticos. Cuando esas piezas se conectan, un torneo de pesca deja de ser un evento de fin de semana y se convierte en un motor de desarrollo para todo un destino.
Soltar para ganar
Volvamos a la imagen del principio: el marlín que regresa al mar mientras la tripulación aplaude. Ese gesto, que para algunos puede parecer una renuncia, es en realidad una de las decisiones más inteligentes que puede tomar un país. Cada pez que se libera sigue nadando en nuestras aguas, sigue atrayendo pescadores, sigue generando empleos y sigue siendo parte de un patrimonio natural que pertenece a todos.
República Dominicana lleva décadas haciendo esto bien. Sesenta ediciones de un torneo que premia la liberación son prueba de una cultura de conservación que muchos destinos envidiarían. Lo que nos falta es contarlo, medirlo y convertirlo en una estrategia nacional. Porque en la pesca deportiva, como en el turismo, la lección es la misma: lo que se cuida se multiplica. Y un marlín, sin duda, vale mucho más vivo que muerto.
Joan G. Feliz
Director General y Editorial | InCaribe Media
