Por InCaribe Media
Hay arquitectos que construyen edificios y hay arquitectos que construyen una manera de ver el mundo. Francisco Guillermo González Sánchez pertenece, sin discusión, a la segunda categoría. Nacido en Santo Domingo el 3 de noviembre de 1900, hijo del diplomático dominicano Gregorio González Lamarche y de la cubana Georgina Sánchez, fue el hombre que trajo la modernidad a una ciudad que todavía vivía entre murallas coloniales y casas de madera, y que demostró que la arquitectura moderna podía hablar con acento caribeño. Por eso, cada 3 de noviembre, el país celebra en su natalicio el Día de la Arquitectura Dominicana, establecido mediante el Decreto 503-88 de 1988 a solicitud del Grupo Nuevarquitectura.
Pero recordar a Guillermo González no puede reducirse a una efeméride ni a una fotografía del Copello compartida en redes sociales. Su vida y su obra plantean preguntas que hoy, en pleno auge de la construcción dominicana, resultan más urgentes que nunca.
Una formación forjada entre dos mundos
La historia de Guillermo González es también la de una generación que tuvo que salir del país para aprender lo que aquí aún no existía. Tras regresar con su familia a Santo Domingo en 1907, estudió en el Colegio Santo Tomás de Aquino, del que egresó entre 1917 y 1918. Muy joven, durante la ocupación militar norteamericana, trabajó en los talleres de dibujo de la oficina de Obras Públicas, su primer contacto con el oficio.
En 1921 partió hacia Nueva York. Entre 1922 y 1924 estudió en la Universidad de Columbia mientras trabajaba en la firma Dennison & Hirons, y en 1927 ingresó en la Universidad de Yale, donde se formó bajo los rigurosos cánones de la tradición Beaux-Arts y se graduó en 1930 con las más altas calificaciones. Al terminar, obtuvo un premio que le permitió viajar a Europa en julio de ese año junto a otros compañeros de promoción.
Ese viaje lo cambió todo. En una Europa sacudida por las vanguardias, el joven arquitecto dominicano entró en contacto con el movimiento moderno, con las ideas de Le Corbusier y con una nueva manera de entender la arquitectura: menos ornamento, más función, más luz, más honestidad estructural. Formado en la academia clásica, González abrazó la modernidad sin renegar de su disciplina, y esa tensión entre rigor académico y libertad moderna marcaría toda su obra.
1936: el regreso y la revolución silenciosa
En 1936 regresó definitivamente al país, y en apenas seis años levantó las obras que transformarían para siempre el paisaje de Santo Domingo.
La primera fue el Parque Infantil Ramfis, hoy Parque Eugenio María de Hostos, construido en 1937. Lejos de ser un simple parque, González desarrolló un esquema axial que desciende escalonadamente hacia el mar, aprovechando la pendiente natural del terreno para emplazar los juegos en plataformas sucesivas. El resultado fue un escenario urbano de una fuerza inédita, que convertía la relación entre la ciudad y el Caribe en experiencia espacial.
Dos años después, el 16 de agosto de 1939, se inauguró el Edificio Copello, en la calle El Conde esquina Sánchez, diseñado junto a su hermano, el arquitecto Alfredo González. Su impacto fue enorme. Por primera vez, un edificio imprimía un aire moderno a escala urbana en el corazón de la ciudad colonial. En el Copello, González aplicó cuatro de los cinco puntos de la arquitectura de Le Corbusier: los pilotes, la planta libre, la fachada libre y la ventana corrida. Solo le faltó el techo jardín, que reservaría para su obra cumbre. En 1939, el Copello era la muestra más avanzada de arquitectura en el país, y lo sigue siendo como símbolo de una época.
El Jaragua: la obra maestra que dejamos caer
En 1942 abrió sus puertas el Hotel Jaragua, frente al malecón de Santo Domingo. Admirado en su tiempo como una innovación en la arquitectura hotelera y reconocido por la crítica internacional, el Jaragua fue considerado una obra maestra de la arquitectura moderna del Caribe. Allí González completó el vocabulario corbusiano con el techo jardín y demostró que la modernidad podía adaptarse al trópico: sombra, ventilación, transparencia, relación con el mar y el paisaje.
En 1985, el Hotel Jaragua fue demolido. Con él desapareció la obra más representativa del padre de la arquitectura moderna dominicana, en una decisión que todavía hoy duele a varias generaciones de arquitectos. Y no fue la única pérdida. Como han denunciado arquitectos e historiadores, la suerte de sus edificaciones ha sido dura: también se perdieron obras suyas en el conjunto del Centro de los Héroes, construido para la Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre de 1955, cuyo plan urbano llevó su firma.
Es imposible no pensar en la ironía de que, en estos mismos días, la Sociedad de Arquitectos de la República Dominicana defienda su sede precisamente en el Centro de los Héroes, el espacio urbano que Guillermo González ayudó a concebir. La historia, a veces, vuelve a tocar la puerta.
Una obra que definió la ciudad moderna

Durante cuatro décadas de trabajo, González dejó una huella extensa y diversa. A las obras ya mencionadas se suman el Hotel Hispaniola, el Hotel Hamaca, el Hipódromo Perla Antillana, la planta de la Cervecería Nacional Dominicana, el Hospital Marión y los edificios de apartamentos de las avenidas Pasteur y George Washington, entre otros. Virtuoso del dibujo, elaboraba sus planos con una precisión casi editorial, y entendía la arquitectura como una síntesis de técnica y poesía.
Su trabajo se desarrolló durante la Era de Trujillo, un período en el que el Estado impulsó grandes obras de modernización. Analizar su legado con honestidad implica reconocer ese contexto histórico, pero también entender que su aporte trasciende cualquier régimen: introdujo en el país un lenguaje, una ética del diseño y una visión de ciudad que sirvieron de escuela a las generaciones siguientes.
Guillermo González murió en Santo Domingo el 13 de noviembre de 1970, diez días después de cumplir 70 años. Dieciséis años más tarde, la primera Bienal de Arquitectura de Santo Domingo, organizada por el Grupo Nuevarquitectura en 1986, le fue dedicada. Dos años después, su natalicio se convirtió en el Día de la Arquitectura Dominicana.
La pregunta incómoda: ¿qué haría Guillermo González hoy?
Celebrar a Guillermo González obliga a mirar con ojos críticos la ciudad y el país que estamos construyendo. República Dominicana vive el mayor auge de la construcción de su historia. Se levantan torres en Santo Domingo y Santiago, se multiplican los proyectos en Punta Cana, Bávaro, Bayahíbe, Miches, Las Terrenas y Pedernales, y llegan al país algunas de las marcas hoteleras más exclusivas del mundo. Nunca se había construido tanto. La pregunta es si estamos construyendo mejor.
Guillermo González, formado en la academia pero comprometido con su tiempo, entendió algo que hoy parece olvidarse con frecuencia: que la arquitectura debe responder al clima, al paisaje y a la cultura del lugar. Sus edificios buscaban la sombra, la ventilación cruzada y la relación con el mar. Muchas de nuestras torres actuales, en cambio, repiten modelos de fachadas de vidrio pensados para otras latitudes, que convierten los interiores en hornos y dependen del aire acondicionado para ser habitables. La modernidad que él trajo era una modernidad tropical; buena parte de la que hoy construimos es una modernidad importada.
Los desafíos de la profesión son enormes. El crecimiento urbano exige planificación real y aplicación efectiva de las normas de ordenamiento territorial, para que las ciudades no crezcan a fuerza de densificación sin parqueos, sin áreas verdes, sin aceras dignas y sin servicios suficientes. Los polos turísticos requieren una arquitectura que proteja las playas, los manglares y los paisajes que constituyen su principal valor, en lugar de agotarlos. La sostenibilidad ambiental, la adaptación al cambio climático y la eficiencia energética ya no son opciones estéticas, sino condiciones de supervivencia para nuestras ciudades costeras.
Y está, por supuesto, la deuda con el patrimonio moderno. La demolición del Jaragua debería servir como advertencia permanente. El patrimonio arquitectónico dominicano no es solo colonial; también lo forman las obras modernas del siglo XX, que muchas veces carecen de protección y quedan a merced de la presión inmobiliaria. Inventariar, proteger y poner en valor esa herencia es una tarea que corresponde al Estado, a los gremios y a toda la sociedad.
El rol de los gremios y de las nuevas generaciones
En este contexto, las instituciones de la profesión tienen un papel decisivo. El Colegio Dominicano de Ingenieros, Arquitectos y Agrimensores (CODIA), creado por la Ley 6160 de 1963, tiene entre sus funciones velar por el ejercicio ético de la profesión y supervisar el cumplimiento de las normas que la regulan. El Colegio de Arquitectos Dominicanos (CAD), fundado en 2013, promueve la formación continua, la planificación urbana, la sostenibilidad y la conservación del patrimonio. Su voz es imprescindible en los debates sobre el modelo de ciudad y de destino que queremos.
Pero el legado de Guillermo González interpela sobre todo a los arquitectos que hoy diseñan el país. A ellos les corresponde la responsabilidad de no limitarse a resolver programas de venta, sino de pensar la ciudad, defender la calidad del espacio público, dialogar con el clima y el paisaje, y resistir la tentación de construir rápido en lugar de construir bien.
Un homenaje que se demuestra construyendo
Desde InCaribe Media, donde damos seguimiento diario a la construcción, el desarrollo urbano y la inversión inmobiliaria en el país, creemos que el mejor homenaje a Guillermo González no está en los discursos de cada 3 de noviembre, sino en cada decisión de diseño que se toma el resto del año.
Hace casi noventa años, un arquitecto dominicano formado en Nueva York y deslumbrado por Europa regresó a su ciudad y se atrevió a imaginarla de otra manera. Levantó un parque que desciende hacia el mar, un edificio que trajo el siglo XX a la calle El Conde y un hotel que el Caribe entero admiró. Nos dejó una lección que sigue vigente: la arquitectura no es solo lo que se construye, sino la ciudad y la vida que se hacen posibles con ella.
Feliz Día de la Arquitectura Dominicana a todos los arquitectos que, con su trabajo, siguen escribiendo esa historia.
