El golf puede sumar valor, pero no hace milagros

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Por Joan G. Feliz
Director Editorial | InCaribe Media
Especialista en turismo, inversión y desarrollo del Caribe

Hay una conversación que cada vez aparece con más frecuencia en el mercado inmobiliario turístico dominicano: cuánto valor puede aportar un campo de golf a una propiedad. La respuesta rápida suele ser que una propiedad frente al campo debe valer más, pero la realidad es bastante más interesante. El golf puede ser un atributo importante, puede mejorar la experiencia del propietario y puede contribuir al posicionamiento de un destino, pero por sí solo no garantiza la plusvalía.

En mi opinión, ahí está precisamente uno de los errores que todavía cometemos cuando hablamos de turismo inmobiliario. Muchas veces analizamos una propiedad por las características que tiene dentro de sus linderos y no por lo que está ocurriendo alrededor. Y en un destino turístico eso puede ser determinante. Una propiedad puede tener una excelente vista al campo, una buena distribución y acabados de primera, pero si el destino no consigue consolidarse, mantener sus servicios y generar demanda, esas ventajas pueden terminar siendo insuficientes.

El golf, sin embargo, sí tiene algo especial. Cuando está bien integrado a un destino, puede convertirse en una pieza importante de la experiencia turística. Un campo de calidad aporta paisaje, espacios abiertos, privacidad y una actividad que puede atraer a un segmento de visitantes con intereses muy específicos. Además, alrededor del golf se pueden desarrollar hoteles, villas, apartamentos, restaurantes, eventos y otros servicios que terminan creando una economía mucho más amplia que la propia actividad deportiva.

Eso es lo que hace interesante el caso dominicano. En destinos como Cap Cana, Punta Cana y La Romana, el golf no existe de manera aislada. Forma parte de una propuesta turística mucho mayor, donde también participan la hotelería, la gastronomía, el entretenimiento y el mercado inmobiliario. Es precisamente esa integración la que le da sentido al producto. No se trata simplemente de tener un campo bonito, sino de tener un destino capaz de ofrecer una experiencia completa.

Desde InCaribe Media hemos venido siguiendo cómo el turismo inmobiliario dominicano está evolucionando y hay algo que se repite en prácticamente todos los mercados que consiguen consolidarse: el valor de una propiedad está estrechamente relacionado con la calidad del destino en el que se encuentra. El comprador puede llegar atraído por una vista al mar, un campo de golf, una marina o una determinada amenidad, pero termina tomando su decisión considerando también la conectividad, los servicios, la oferta comercial, la seguridad, la gastronomía y las posibilidades de disfrutar el lugar durante todo el año.

Por eso tampoco creo que debamos caer en el extremo contrario y decir que el golf no tiene importancia. Sí la tiene, y bastante. Lo que debemos hacer es colocarlo en su justa dimensión. Un campo puede ayudar a diferenciar un proyecto, puede contribuir a crear una determinada percepción de exclusividad y puede convertirse en una razón adicional para visitar o comprar en un destino. Lo que no puede hacer es sustituir todo aquello que un destino necesita para mantenerse atractivo.

Hay un elemento adicional que me parece todavía más interesante: el golf puede contribuir a construir una relación de largo plazo con el visitante. Una persona que llega a República Dominicana para participar en un torneo puede terminar conociendo un hotel, un restaurante, una comunidad residencial o simplemente un destino al que antes no había prestado atención. Si la experiencia es buena, ese visitante puede regresar, traer a su familia o incluso considerar una inversión. El verdadero valor aparece entonces en la capacidad del destino para convertir una visita puntual en una relación más prolongada.

La celebración del PGA Tour Americas en Playa Nueva Romana es un buen ejemplo de esta dinámica. El torneo, que cerrará la temporada 2026 entre el 15 y el 18 de octubre, no debe verse únicamente como una competencia deportiva. También representa una oportunidad para mostrar al mundo un destino donde el golf convive con hotelería, turismo y desarrollo inmobiliario. El torneo terminará en unos días, pero el posicionamiento que pueda generar para el destino puede permanecer durante mucho más tiempo.

Y aquí llegamos al punto que considero fundamental para el mercado inmobiliario. No deberíamos preguntarnos solamente cuánto vale una propiedad porque está frente a un campo de golf. Deberíamos preguntarnos qué tan sólido es el destino que rodea ese campo y qué posibilidades tiene de seguir generando demanda en el futuro. Porque la verdadera plusvalía no nace de una sola amenidad; nace de la combinación de muchos factores que hacen que una persona quiera estar allí.

Un campo de golf puede deteriorarse, cambiar de administración, modificar sus condiciones o simplemente dejar de ser una novedad. Un destino consolidado, en cambio, tiene muchas más posibilidades de sostener su atractivo porque no depende de un solo elemento. Esa es la diferencia entre vender una propiedad con una buena característica y vender una propiedad integrada a un buen destino.

Por eso, cuando hablamos de golf y bienes raíces, creo que debemos abandonar un poco el lenguaje automático de que “vista al campo significa plusvalía”. Es una simplificación. La pregunta correcta es qué representa ese campo dentro del desarrollo turístico del territorio. Si forma parte de una comunidad consolidada, si está bien mantenido, si atrae jugadores, si está acompañado de buenos hoteles y servicios y si existe una demanda real por vivir o vacacionar allí, entonces sí puede convertirse en un elemento importante de valor.

República Dominicana tiene una oportunidad enorme para seguir desarrollando esa relación entre golf, turismo e inversión inmobiliaria. Tenemos campos reconocidos, destinos consolidados, conectividad internacional y un mercado inmobiliario que continúa creciendo alrededor de los principales polos turísticos. El siguiente paso debería ser entender mejor cómo integrar todos esos elementos y no venderlos como piezas independientes.

Al final, un comprador no compra solamente una vista al green. Compra la posibilidad de disfrutar de un lugar, de utilizar sus servicios, de tener acceso a determinadas experiencias y, si está pensando como inversionista, de mantener una propiedad que continúe siendo atractiva para otros compradores o visitantes.

Por eso sigo pensando que el golf puede sumar valor, y mucho. Lo que no puede hacer es hacer milagros.

La plusvalía no está en los 18 hoyos. Está en todo lo que somos capaces de construir alrededor de ellos.

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