El golf dominicano no necesita más torneos, necesita más visión

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Por Joan G. Feliz
Director Editorial | InCaribe Media
Especialista en turismo, inversión y desarrollo del Caribe

Hay algo que me llama la atención cada vez que veo la agenda de golf de República Dominicana: tenemos suficientes torneos para hablar de una industria, pero todavía seguimos hablando del golf como si fuera simplemente una actividad deportiva.

Y creo que ahí estamos perdiendo una oportunidad.

El golf puede ser mucho más importante para el turismo dominicano de lo que estamos aprovechando.

No porque tengamos que organizar más torneos.

Sino porque debemos entender mejor qué puede producir un torneo, un campo de golf y un destino construido alrededor de este deporte.

Porque el verdadero negocio no está en los 18 hoyos.

Está en todo lo que puede ocurrir alrededor de ellos.

El golf no es el producto, es parte del producto

República Dominicana tiene una ventaja que muchos destinos quisieran tener: campos de golf ubicados dentro de polos turísticos donde ya existe hotelería, gastronomía, entretenimiento, conectividad aérea y oferta inmobiliaria.

Eso cambia completamente la ecuación.

Un jugador que llega a República Dominicana no necesariamente viene solamente a jugar.

Puede hospedarse varios días, venir acompañado, consumir en restaurantes, alquilar un vehículo, visitar otros lugares y regresar posteriormente.

Y ahí es donde el golf deja de ser deporte y comienza a convertirse en turismo de alto valor.

Pero hay una segunda consecuencia que me parece todavía más interesante: el golf ayuda a construir la identidad de determinados destinos.

Cap Cana no sería lo mismo sin Punta Espada.

La Romana no puede analizarse sin Casa de Campo.

Punta Cana tiene una relación histórica con el desarrollo de campos de golf.

Eso demuestra que el campo puede convertirse en una pieza de la marca territorial.

Pero cuidado: un campo de golf no crea plusvalía por sí solo

Este es un punto que considero importante, especialmente ahora que el turismo inmobiliario está creciendo.

He visto muchas veces cómo se utiliza la cercanía a un campo de golf como argumento de venta.

Y sí, puede ser un atributo.

Pero no significa automáticamente que una propiedad vaya a aumentar de valor.

El campo necesita formar parte de un destino.

Tiene que mantenerse.

Debe existir una experiencia alrededor.

La zona necesita conectividad, servicios, seguridad, restaurantes, hoteles y una demanda capaz de sostener el mercado.

En otras palabras: no es el golf por sí solo.

Es el ecosistema.

Una propiedad frente a un campo deteriorado no tiene el mismo atractivo que una propiedad integrada a un destino donde el golf forma parte de una experiencia turística consolidada.

Esa diferencia parece evidente, pero el mercado inmobiliario debería hablar más de ella.

¿Estamos aprovechando realmente nuestros torneos?

Aquí es donde creo que debemos hacernos una pregunta incómoda.

Cuando llega un torneo internacional, ¿qué hacemos?

¿Lo vemos simplemente como un evento?

¿O lo utilizamos para vender el destino?

Porque cada jugador internacional que llega al país es también un potencial visitante futuro.

Y cada acompañante es un potencial consumidor.

Y cada fotografía publicada desde un campo dominicano es una pieza de promoción internacional.

Y cada experiencia positiva puede convertirse en una recomendación.

Tenemos que dejar de medir estos eventos únicamente por la cantidad de jugadores participantes.

Hay que comenzar a medirlos también por el impacto que generan en hoteles, restaurantes, transporte, entretenimiento, propiedades y percepción internacional del destino.

Ahí está el verdadero retorno.

El golf puede ayudarnos a desestacionalizar

Otro aspecto que me parece especialmente interesante es la capacidad del golf para complementar la temporada tradicional de sol y playa.

El golf no depende exclusivamente de que una persona quiera pasar el día en la playa.

Es un producto diferente.

Puede atraer grupos, competencias, viajes corporativos, aficionados, familias y viajeros de mayor poder adquisitivo.

Y eso permite ampliar la conversación turística.

República Dominicana no tiene que vender solamente playas.

Tiene que vender experiencias.

Golf.

Gastronomía.

Bienestar.

Naturaleza.

Eventos.

Cruceros.

Deportes.

Entretenimiento.

Y, por supuesto, turismo inmobiliario.

La fortaleza está precisamente en combinar esas piezas.

El próximo paso debería ser estratégico

A mi juicio, el país debería comenzar a mirar el golf desde una perspectiva mucho más amplia.

No como una sucesión de torneos dispersos, sino como parte de una estrategia nacional de turismo deportivo y de lujo.

Tenemos los campos.

Tenemos los hoteles.

Tenemos los destinos.

Tenemos conectividad.

Tenemos experiencia organizando eventos.

Y tenemos una industria inmobiliaria que ya entendió hace tiempo el valor de asociarse con determinados productos turísticos.

Lo que falta es conectar mejor todas esas piezas.

Porque un torneo termina.

Un jugador se marcha.

Las luces se apagan.

Pero el destino queda.

Y si hacemos bien las cosas, ese jugador puede regresar.

Puede traer a su familia.

Puede comprar una propiedad.

Puede recomendar el destino.

Puede convertirse en cliente de un hotel.

Ese es el verdadero potencial.

El golf dominicano necesita dejar de jugar a corto plazo

La agenda de torneos de octubre y noviembre es una buena noticia.

Pero yo no me quedaría solamente con la cantidad de eventos.

Me interesa mucho más lo que podemos construir alrededor de ellos.

Porque República Dominicana no necesita demostrar que puede organizar torneos de golf.

Eso ya lo ha demostrado.

Ahora tiene que demostrar que puede convertir el golf en una herramienta permanente de desarrollo turístico, inmobiliario y territorial.

Y eso requiere visión.

El campo de golf puede ser excelente.

El torneo puede ser internacional.

El hotel puede ser de lujo.

La propiedad puede tener una gran vista.

Pero si todas esas piezas no forman parte de un destino atractivo, sostenible y bien conectado, estamos viendo cada elemento por separado.

Y el turismo moderno funciona precisamente al revés.

El visitante no compra un campo de golf. Compra una experiencia.

El inversionista tampoco compra solamente una vista al green.

Compra, en buena medida, la expectativa de que el destino que rodea esa propiedad continuará generando valor.

Por eso creo que el verdadero desafío del golf dominicano no es organizar más torneos.

Es aprovechar mejor los que ya tenemos.

Porque quizás la gran oportunidad no está en que República Dominicana sea conocida como un país donde se juega buen golf.

Está en que sea reconocida como uno de los destinos donde el golf mejor se integra con turismo, inversión, hotelería y desarrollo inmobiliario del Caribe.

Ahí sí estaríamos jugando otro juego.

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